Viaje

Oasis

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En 25 de Agosto la niebla de Montevideo desaparece, el tiempo pasa lento y las estrellas brillan más que las luces de las casas. El silencio reina en las calles. Una parte de la ciudad se despertó a las cinco de la mañana para subirse al tren hacia Montevideo, pero el resto sigue en la cama. A las siete y media los únicos enérgicos eran los perros, que corretean por las calles de pedregullo con todo el pueblo como patio de recreo.

La iglesia de paredes anaranjadas resalta entre las pequeñas casas, su cruz, en lo alto del campanario, es como la estrella que guía a los visitantes. Si uno se pierde entre las pocas calles del pueblo debe mirar a lo alto y la iglesia lo guiará hasta un lugar conocido. La perfección de su pintura resalta entre las paredes descacaradas de las casas a su alrededor. A medida que uno se adentra en el pueblo, y se acerca cada vez más a la estación del tren junto al río, las cuatro paredes tienen aspecto más cuidado y colorido: hay casas rojas, anaranjadas, rosas, verdes y celestes.

Cerca de las nueve de la mañana comienzan a verse las primeras caras adormiladas, sobre todo de personas mayores, que salen a comprar pan fresco y saludan a sus vecinos de toda la vida. El almacén es un punto de encuentro para las personas mañaneras que buscan conversar sobre lo poco que sucede en aquel lugar, y ver a los camiones de proveedores llegar con la mercadería del día. A lo lejos, se escucha un señor gritar: “Hola Palito, ¿su vida cómo va?”, a lo que el aludido responde con una carcajada y un salto desde la cola del camión de basura para saludarlo. Hasta los desconocidos son bien recibidos, un “buen día” no se le niega a nadie.

Faltan los niños que no aparecen hasta el mediodía en sus bicicletas, contentos de que los maestros estén de paro. La escuela mantiene sus rejas cerradas y los niños, liberados, corren y se sientan en el polvo de las calles, sin un adulto que los persiga de un lado al otro supervisándolos. En 25 de Agosto los niños no tienen miedo de andar solos, aprovechan los últimos días agradables para salir de sus casas a jugar.

No es un lugar inseguro, pero por lástima llegaron los robos y la droga”, cuenta Nancy, una vecina de 25 de Agosto. Ella es costurera y nació en el pueblo. “Esto pasa porque los jóvenes no tienen nada para hacer y los padres tampoco los motivan, son quedados y se aburren, entonces salen a romper lo que pueden”. Nancy vivió unos años en Montevideo pero volvió porque extrañaba la vida de su pueblo. Sin embargo, su esposo -como la mayoría de los hombres de 25 de Agosto- se toma el tren de la madrugada hasta la Estación Central de AFE -Asociación de Ferrocarriles del Estado- en Montevideo para ir a trabajar. La frecuencia de ómnibus hacia y desde la capital no es fluida y cuesta más caro que la módica suma de veinte pesos del boleto de tren

Una pizarra en la estación de trenes del pueblo, la última en el recorrido de los trenes de AFE- tiene escrito las frecuencias de pasajeros, dos matutinas y dos vespertinas. Hay dos empleados trabajando en la parte de boletería y un “palanquista” en una casa entre medio de ambas vías. Esta minúscula casa en una altura esconde más de veinte palancas que guían el cambio de sentido de las vías. Allí tiene que haber un hombre todo el tiempo mientras haya circulación de trenes, ya que un error puede provocar que descarrilen. El “palanquista” es un hombre moreno, de ojos rasgados, amable y tranquilo. “Es un trabajo fácil de aprender pero no puedo desconcentrarme en ningún momento porque puede pasar cualquier cosa”. Cocina y come en ese lugar, tiene una radio, una estufa y un escritorio con todos los números y horarios de los trenes.

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La estación de trenes cobró importancia luego de que pasara a ser el destino final del recorrido, cuando clausuraran la de Florida, donde hoy en día solo conservan los “cadáveres” de los primeros trenes que se exponen como reliquias en las calles. 25 de Agosto llega hasta que las vías del tren alcanzan el puente sobre el río Santa Lucía, donde se esconden las ruinas de un fortín. Las vías de tren le dan un soplo de aire antiguo, como si el tiempo en 25 de agosto se hubiera detenido en el siglo pasado. Tampoco se ve a la gente pegada a las pantallas de sus celulares, ni antenas de DirectTv. El único despliegue de tecnología del pueblo son las computadores XO que llevan algunos niños bajo el brazo. Si el Plan Ceibal no existiera, no se podría identificar en qué año vive la gente del pueblo.

No obstante, los verdaderos tesoros del lugar no se encuentran a simple vista. Al principio, uno piensa que están ahí de casualidad, que algún hombre del pasado los dejó en su paso por el pueblo, pero al descubrir más de cinco en el camino, uno se da cuenta que desentonan con la humildad del lugar. Una chica tomando sol en una playa, una Santa Rita que corona un banco, y varios gauchos y chinas a caballo son algunas de las pinturas que se admiran en las paredes de las casas de 25 de Agosto.

El almacenero dice que son recientes y que la autora es una mujer francesa que vive en la casa roja de los caballos; un empleado de AFE dice que la mujer no está en su casa y que se la puede encontrar en la casa amarilla pintando al padre Pío; en la casa amarilla hay una mujer pero esta es solo una alumna, la profesora de pintura está en el fondo de la casa. Leo es su nombre. Nació en París y vivió en la Polinesia, pero al conocer 25 de Agosto -de paseo por Uruguay- se dio cuenta que era mágico y que allí quería vivir. Puso un atelier, “pinto desde siempre”, y empezó un taller de pintura con las mujeres de la zona. “Algunas vienen desde Cardal o Santa Lucía especialmente para sus clases, ella nos impulsa a dar más de nosotras”, asegura una de sus alumnas. Las clases son gratuitas, solo tienen que pagar los materiales, y, cuando alguien ofrece su casa, salen a decorar sus paredes.

Lo hago para embellecer al pueblo” dice Leo mientras abre las puertas de su atelier repleto de pinturas coloridas de gauchos y tarros de pintura. Empezó sola y ahora tiene alrededor de siete alumnas con las que ha realizado exposiciones en ciudades vecinas. “Quiero cambiar este lugar, darle algo especial por lo que la gente lo recuerde, pero lo difícil es cambiar la mentalidad”, agrega Leo. Ella quiere devolverle al lugar y a la gente algo de lo que ella recibió al llegar. Quiere que la gente empiece a cuidar el pueblo, y a hacer algo por ellos mismos. Nancy, que también es alumna de Leo, añade que ella empezó a hacer jardinería en la plaza del pueblo comprando ella misma las flores y plantándolas, pero a los días las habían arrancado.

 “Tenemos muchos planes para el pueblo, el problema es que es tierra de nadie”, explica profesora de pintura. Está en el límite entre tres departamentos: Florida, San José y Canelones, pero ninguno de los tres se encarga de cuidarla. El camión de basura lo maneja la Intendencia de Florida, pero al momento de elevar algún reclamo, nadie las escucha. Leo y sus alumnas lograron interesar a los encargados en cultura de dos de los departamentos limítrofes para que escuchen su primera resolución: decorar todas las casas del pueblo, una por una, con pinturas. Así, todos los que visiten 25 de agosto tendrán algo que recordar del pueblo.

Debido a la forma del relieve en 25 de Agosto es difícil llegar a ver un atardecer completo, pero puede verse reflejado en las casas, en la ropa de la gente y en sus caras. Al mirar el cielo, ya está azul marino. Las luces encendidas son pocas, algunos pocos comercios que reabrieron después de la siesta y los faros de la plaza. Suena una cumbia a lo lejos y la gente desaparece de las calles. El último movimiento del pueblo antes de dormir será el tren a las siete y diez de la tarde que trae a los trabajadores cansados.

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Esta entrada se publicó el 14 de junio de 2013 en 4:33 am y se archivó dentro de Uncategorized. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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