Pintores del Cerro

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-“¿Cuál es tu sueño?”, pregunta el profesor.

Silencio.

-“No sé, nada”, responde una adolescente de piel morena y pelo encrespado.

El profesor le insiste que puede ser lo que quiera, que cualquier cosa que le guste puede transformarlo en su sueño. La niña no parece entender el sentido de estas palabras y lo mira con cara extrañada, como si hablara en otro idioma. Él le empieza a nombrar profesiones: maestra, cajera de un supermercado, médica, peluquera, maquilladora.

-”¿Te gusta cocinar?”, dice al cabo de unos minutos.

La cara de la chica se ilumina, eso era lo que el profesor estaba buscando. Más tarde confesó que estuvo a punto de dejar de preguntarle, de darse por vencido. “Lo más difícil es lograr que tengan aspiraciones, que vivan con un objetivo y no simplemente hagan el mínimo esfuerzo”.

En Providencia, un centro educativo del Cerro, este es el núcleo de su enseñanza. Inspirado en los valores católicos, ya que es parte del movimiento religioso Schoenstatt, busca darle a niños y adolescentes -hasta 18 años- una educación más allá de lo estrictamente académico. Las escuelas públicas muchas veces no tienen los recursos para satisfacer las necesidades individuales, por lo que Providencia trabaja junto con algunas escuelas de la zona para seguir la evolución de cada uno de los niños bajo su cuidado. “Los niños almuerzan en la escuela y vienen para acá, donde tienen un espacio de apoyo pedagógico especializado”, dice Laura Voituret encargada de Comunicación del centro.

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Una parte de la tarde está dedicada al apoyo escolar. “Al principio hacíamos solo los deberes pero nos dimos cuenta que para poder responder a las verdaderas necesidades de los niños, teníamos que reforzar los conocimientos que tienen que dominar según su año escolar”, aclara Laura mientras camina entre un mar de niños que corren hacia el recreo. Todos la abrazan y le cuentan algo de su día, antes de salir por la puerta. “Nos centramos en Lenguaje y Matemáticas, pero con un formato más dinámico, con más juegos, si no te caminan por las paredes”. Los niños descargan parte de esa energía en el recreo donde juegan al fútbol, trepan por los juegos, saltan a la cuerda, corren y gritan. Todos ríen y las peleas son poco comunes.

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La otra parte de la tarde se divide en tres talleres: informática, arte, y deportes y recreación. Además, cada año hay talleres específicos para hacer hincapié en una situación especial. Este año, hay un taller de inglés para quinto y sexto de escuela impartido por voluntarios de un liceo privado. “Los niños no tienen inglés en la escuela pero sí en el liceo; cuando se chocan con este nuevo idioma les resulta muy difícil adoptarlo y por ello decidimos hacer un acercamiento previo”. Según la edad tienen otros talleres, como música y teatro, “que les divierta y los desafíe”. La aparición de estos espacios depende en gran medida de los voluntarios que se acerquen a la obra o de las alianzas que puedan lograr con otras instituciones.

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El Cerro es uno de los barrios más carenciados y más poblados de Montevideo. Según los últimos datos del censo -2011- el centro comunal donde se encuentra este barrio cuenta con 80000 habitantes, siendo un tercio menores de 19 años. “Nosotros llegamos a menos de 200 alumnos, nos faltan 20000 más”, comenta Fabián Roizen, uno de los educadores de Providencia. La capacidad del centro es limitada ya que buscan darle la máxima atención a los niños. Se centran en las familias más carenciadas de la zona pero que al mismo tiempo se comprometan con ellos. “No podemos trabajar sin el apoyo de las familias porque ellas tienen la mayor influencia en los niños”, asegura Fabián.

Debido a que los niños provienen de familias en “situaciones complejas”, el centro se asegura de brindarles la alimentación necesaria. La escuela les provee del almuerzo, y Providencia se encarga de una leche a media tarde y una merienda-cena antes de que los niños vuelvan a sus casas, alrededor de las seis de la tarde. También apoyan con una canasta para el fin de semana a aquellas familias que están en situación extrema. La comida proviene de donaciones y llega a principios de mes. “Me organizo como si fuera mi casa, sé con lo que cuento y lo tengo que hacer rendir, pero igual intento que los chicos coman cosas que les gusten”, dice Selva, la cocinera, con una gran sonrisa. “Ella nos cuida a todos, a los chicos y a nosotros los grandes”, asegura Laura.

La hora de la comida es un momento especial, donde el salón comedor se inunda de sonidos y movimiento. Los platos de comida están puestos en la mesa junto con el postre, y los niños no pueden esperar para empezar. No obstante, antes de comer tiene que haber silencio total, es parte de la disciplina que intentan impartirle a los niños. Una vez que el profesor les da el permiso pueden empezar a comer, hablar y reír. Algunos repiten la comida, pero aunque no lo hagan, todos deben llevar sus platos y vasos hacia el mostrador donde está Selva. 

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Esta merienda es lo característico de Providencia. Las madres fundadores de la obra comenzaron sirviendo la merienda en la casa de una de las vecinas del barrio, y luego en un contenedor donado por la Iglesia Católica. Inspiradas por una imagen de la virgen que encontraron en el Cerro, decidieron encontrar una forma de aliviar las necesidades del barrio, veinte años atrás. Hoy, ese contenedor sigue en el predio -convertido en un aula de arte- que ocupa dos solares, y tiene dos construcciones, además de una cancha techada. Estas madres fundadoras siguen yendo los miércoles a la “Venta económica”, un almacén de ropa y objetos donados que se venden a muy bajo precio para la gente del barrio. Se puede encontrar desde un teléfono, hasta un vestido de novia, y todo lo recaudado va para la obra. Es un momento de encuentro entre las madres fundadoras y las madres del barrio donde comparten un poco de sus vidas, la venta es solo una excusa.

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Providencia dejó de ser un merendero para pasar a ser un centro educativo integral, pero no se queda ahí. Con grandes donaciones, el centro puede seguir creciendo, y se espera que el año que viene abra un liceo detrás del centro juvenil. Tendrá seis clases, varios laboratorios y baños. Todavía no tienen toda la plata que necesitan para terminar la obra, pero por ahora está el piso. Es un cambio muy grande para Providencia porque ya no pueden depender de voluntarios y necesitarán más dinero todos los meses. “Dar educación de calidad es caro, si querés que un profesor que no te falte, tenés que pagarle bien”, finaliza Fabián.

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Como el contenedor que hoy los niños transformaron en un lienzo para la clase de arte, sacándole el herrumbre y llenándolo de colores, Providencia seguirá creciendo mientras haya manos que quieran seguir pintando.

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http://www.flickr.com/photos/94208204@N05/sets/72157635351054586/

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Esta entrada se publicó el 2 de septiembre de 2013 en 4:22 pm y se archivó dentro de Uncategorized. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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