De paseo

El reloj marcaba las diez de la noche y la calle estaba vacía. Las últimas luces de los locales iban desapareciendo una a una. La cajera contaba la plata ganada en el día, y las escobas y los trapos ya estaban limpiando los pisos. Afuera, silencio.

Mirábamos para un lado y para el otro, esperando que llegara. Cada nuevo auto que se acercaba al estacionamiento tenía que ser él, eso sería lo lógico. Nadie más iba a desviarse de la autopista para dirigirse a un lugar despoblado, excepto por nosotros.

Llegó en un auto blanco, con algunos años y cientos de viajes a su cuesta. Nos subimos sin decir mucho. De todas maneras no teníamos opción, era eso o dormir en el estacionamiento.

La primer frase que el extraño intercambió con nosotros fue acerca de sus orígenes. “Soy de Somalia, ya saben, ese lugar donde secuestran a los turistas, a la gente blanca, como ustedes”. Nos reímos de forma nerviosa, acompañando la risa del conductor.

Teníamos al menos una hora dentro del auto, sin celular, en una carretera desconocida, sin luces, ni carteles. Estábamos entregados. Miré, como por reflejo, si las puertas estaban trancadas. No lo estaban, pero en las películas el conductor siempre las cierra a último momento. No me tranquilizaba lo suficiente.

“¿Les molesta si paro en una estación de servicio? Tengo que recoger una plata”.

Nos miramos sin creer lo que escuchábamos. Seguro iba a llevarnos a un bosque en el medio de Maryland, donde nos robaría todo y nos dejaría ahí tirados, si teníamos suerte. La semana había empezado tan bien, cómo podía ser que el lunes ya estuviéramos en esta situación. Era una lástima.

De repente, las notas de Material Girl comenzaron a sonar. Creía que mi celular había revivido y alguien estaba llamándome. Pero la pantalla de mi celular seguía en negro. El volumen de la música subió y, sin querer, me encontré tarareando la canción. El conductor me escuchó y subió el volumen de su radio, de dónde provenía la música.

“You like Madonna? It’s my favourite”. Mis músculos se aflojaron y me empecé a reír. Madonna nunca era partícipe de las películas de terror. Podía disfrutar de la música. Los paseos en auto siempre me relajaban.

Mi acompañante no estaba tan seguro, para empezar, no era fan de Madonna. Siguió intentando encontrar carteles en la ruta que indicaran la dirección hacia D.C., pero todos nombraban pueblos y ciudades desconocidas. Podríamos estar dirigiéndonos hacia Pensilvania y no nos daríamos cuenta. Me instaba a mirar con él y ver si reconocía alguno, después de todo era yo la que vivía ahí. Para mí era como estar recorriendo cualquier departamento de Uruguay, me sacás de la ciudad principal, y estoy perdida.

Cuando llegamos a la estación, seguíamos perdidos. Nuestro conductor se bajó, nos ofreció comprarnos algo para el camino, y nos dejó las llaves del auto puestas, “por si quieren subir o bajar el volumen de Madonna”. Sí, estábamos escuchando un CD de la reina del Pop.

“Podríamos robarnos el auto, nos dejó las llaves”, dijo mi acompañante en voz alta. Yo estaba pensando lo mismo. Sería solo para evitar el mal rato en el bosque, solo por precaución. Convertiríamos la película de terror en una de aventuras, o de detectives. A las horas, la policía de Maryland estaría buscándonos por robo de un vehículo, y nosotros ya estaríamos cruzando la frontera, camino a Canadá.

Algo en la voz de Madonna nos dijo que no sería necesario. Y así fue. Llegamos a destino viendo árboles solo a los costados de la ruta.

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Esta entrada se publicó el 4 de diciembre de 2013 en 10:00 pm y se archivó dentro de Uncategorized. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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