Ida y Vuelta

“Una pieza de arte es buena cuando al final del día seguís pensando en ella”. Sus palabras se me representaron cuando me enfrenté por primera vez a su obra. La encontré en la entrada del Katzen Arts Center, el centro de artes en American University. Las expresiones extrañas, hasta ridículas, de las personas retratadas hicieron que me quedara más tiempo del que debía. Analizaba una por una, y me preguntaba qué conexión habría entre cada una de ellas. Corriendo, llegué a su clase de videoarte. Por suerte todavía no había sacado la foto grupal, su sello personal, su forma de pasar la lista. “Así nadie puede discutir si estuvo o no, o si llegó tarde, la foto revela todo”, dijo ella, en la primera clase. Era una forma excéntrica, pero divertida, como toda ella.

Naoko Wowsugi creó la exposición “Gracias por enseñarme inglés” a mediados de 2013. La muestra, que cuenta con treinta retratos de personas pronunciando distintas palabras en inglés, es un fiel reflejo de su experiencia en Estados Unidos. Hace casi trece años, cuando llegó al Kansas Art Institute como alumna de intercambio, solo sabía decir “sí” en inglés. El único idioma que manejaba era el japonés, su lengua materna. “Me dormí en todas las clases del primer semestre, no entendía nada”. De a poco fue acostumbrando su oído a escuchar este idioma desconocido. Como no cursó ninguna materia para aprender inglés, fue muy importante la ayuda de varias personas, entre ellos los retratados, para mejorar su pronunciación y ampliar su vocabulario.

Al principio, Naoko lograba comunicarse por medio de expresiones faciales, la entonación o el lenguaje corporal. “No entendía el contenido, pero entendía de forma abstracta los sentimientos, el mensaje”. Para ella, esta fue la forma más “auténtica” de comunicarse. Naoko no conocía cuál era la situación política de Estados Unidos, ni qué estaba bien o mal socialmente, “era muy inocente y optimista cuando tenía veinte años”.

 En noviembre de 2011, su primer año en Estados Unidos, cumplió 21 años. En este país, esta edad marca un antes y después en la mayoría de los jóvenes, ya que esa edad les permite beber alcohol y entrar a todos los bares. Para Naoko, también significó la posibilidad de mejorar su inglés sin cohibirse. “Después de tomar, a nadie le importaba si yo hablaba bien o mal, seguían hablando conmigo, y yo fui rompiendo barreras”.

Sin embargo, no entendía cómo en primer lugar había llegado a ser aceptada por el Kansas Art Institute. “Perdí el examen de inglés que necesitaba para entrar”, me dice Naoko riéndose. Más seria continúa, “yo tenía mucha fuerza y vitalidad, cuando me proponía algo lo conseguía, era muy persistente”. Durante seis meses Naoko fue a la oficina de intercambio estudiantil para hablar. Cuando perdió el examen de inglés, los encargados de la oficina se sintieron tan mal por ella que escribieron una carta inventando una excusa para que pudiera ir. “Después de todo ese tiempo se dieron cuenta que yo de verdad quería ir, no estaba hablando desde la cabeza, estaba hablando desde el corazón”.

A Naoko no le importaba a qué universidad fuera, con tal de estar en Estados Unidos. “Cuando tenía 18 años empecé a ver películas de Clint Eastwood, me dejaron maravillada y supe que Estados Unidos era a donde quería ir”. En Japón, Naoko estudió cine, aunque luego “no funcionó”. Además, quería aprender arte en Estados Unidos donde pudiera tener más libertad. “Japón era una mentalidad más militar, los profesores te decían qué hacer”. Naoko atribuye este fenómeno al sistema manufacturero de Japón. Para ellos, todo lo que no sea un producto material, tangible, no cuenta. “En cambio, en Estados Unidos no te dicen qué está bien o está mal, valoran la búsqueda de uno mismo”.

Durante el año que estuvo de intercambio en Kansas Art Institute, Naoko estudió fotografía y nuevos medios. “Yo quería estudiar arte, todavía no estaba tan segura qué tipo de arte quería hacer”. Desde chiquita, le interesaba la expresión artística en cualquiera de sus formas: música, expresión corporal, dibujo. “En las materias intuitivas o creativas siempre me sacaba la nota más alta, en las otras, hacía lo mínimo”.

Sin embargo, su interés por el arte no fue el principal motivo por el que quiso irse de Japón. Naoko escapaba de una realidad política y social que la afectaba todos los días. Vivía con miedo de decir que su ascendencia era coreana porque sabía que no era bien recibido por la sociedad japonesa. Sus abuelos, nacidos en Corea, habían sido enviados a Japón, durante la invasión japonesa de Corea. Esta duró 35 años, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. “Fue muy parecido a la historia de los afrodescendientes en Estados Unidos, los japoneses trataban a los coreanos como esclavos”, cuenta Naoko. Una vez que la ocupación terminó, el gobierno japonés obligó a los coreanos viviendo en Japón a mantener su nacionalidad coreana, pero a cambiar su nombre por uno japonés. Hasta el día de hoy, Naoko no es reconocida como ciudadana japonesa, aunque ella y sus padres fueron nacidos y criados en Japón.

Para Naoko esta situación se divide en tres problemas: Naoko Wowsugi, Naoko Zen y Sang Ja Chun. Cuando tenía 19 años recibió su primer pasaporte para viajar a Estados Unidos. Al abrirlo, descubrió que el nombre que figuraba no era Naoko Wowsugi, el nombre que había utilizado toda su vida, sino Sang Ja Chun.

-Papá, ¿qué es este nombre? – preguntó una Naoko de 19 años.

-Ese es tu verdadero nombre – le respondió su padre.

“Yo sabía que era coreana, que mis abuelos eran coreanos, pero hasta ese momento nunca me había dado cuenta del trasfondo político de mi situación”. El padre de Naoko nunca lo habló abiertamente, ni le explicó la situación hasta que no tuvo otra opción. Japón estaba viviendo un período de mucha discriminación hacia los coreanos. “Físicamente los coreanos y los japoneses somos iguales, mi padre me llamó Naoko para que nadie supiera, para él eso no era necesario”.

De todas formas, para Naoko aceptar que su nombre era Sang Ja Chun no fue sencillo. “Yo sabía que era coreana, pero también sabía que había algo malo en eso, que tenía que esconderlo”. Debido a los prejuicios de la sociedad japonesa en ese momento, Naoko no se sentía cómoda diciendo de dónde provenía su familia. Aunque ella nunca se sintió discriminada, creció “con un gran complejo, un miedo que no sabía explicar”.

Naoko tenía una relación muy cercana con sus abuelos, quienes habían crecido en una Corea unificada y con odio hacia Japón por lo que les había hecho. Un día, fueron juntos a un restaurant y en la televisión pasaron el ataque de un misil norcoreano a Japón. “Me acuerdo que estábamos comiendo fideos y mi abuelo se levantó y alentó a Corea del Norte en voz alta; fue un momento clave para mí”. El misil cayó en el agua, pero lo que quedó fijo en su memoria fue la reacción de su abuelo, para él Japón era el enemigo, aunque viviera en este país. “Fue un momento feliz para él”, recuerda Naoko, “yo lo quería mucho, así que tenía que adaptarme a esta realidad”.

Hoy en día, Naoko define su identidad como coreano-japonés, “es símbolo de una realidad muy compleja”. Naoko Zen es el nombre que se ajusta a esta situación. Naoko es un nombre japonés muy común y Zen es la traducción de su apellido del coreano al japonés. “Los caracteres usados son los mismos, pero la pronunciación cambia”, explica Naoko. Además, Nao era la dirección de su abuelo cuando vivía en Corea, “mis padres quisieron poner mi pasado en mi nombre”.

Naoko quería vencer su miedo irracional, pero sabía que eso no lo iba a resolver ni en Corea ni en Japón. “Tenía que irme a un lugar completamente diferente, por eso elegí Estados Unidos”. En Estados Unidos nadie conocía esta realidad de cerca, y tampoco les importaba. “La primera vez que llegué a Estados Unidos me sentí como un pez en un océano”.

***

Naoko entra a la clase con su aire de niña. Tiene los ojos rasgados que esconde detrás de unos lentes redondos. Su pelo negro y lacio brilla en una colita que se sujeta al costado de su cabeza. Viste un enterito de jean largo, que arrastra por el piso. “Hoy voy a hacerles el tour”, nos dice con una sonrisa en su rostro. Nadie diría que tiene 33 años.

Bajamos a la entrada de Katzen Arts Center donde estaba colgada la exposición que había visto hace unos días. Naoko nos cuenta acerca de su antiguo novio, retratado con su pelo rojizo atado en dos largas trenzas. También nos cuenta acerca del decano de arte de la universidad donde hizo su Máster: Jack Risley. Gracias a él, consiguió que la becaran en Virginia Commonwealth University. Fue él también quien le dio su primera oportunidad como profesora de videoarte en la misma universidad. Entre los retratados también está una antigua alumna a la cual invitó a tomar unos tragos el día que cumplió 21. “Ya saben, si alguno cumple 21 este año me avisa y yo lo invito”, nos dice junto al retrato de una chica rubia.

“Yo no estaría donde estoy sin ellos, sin ninguna de las personas que conocí”. Naoko está agradecida de toda las personas que se cruzaron en su camino, y de los amigos que hizo. Esta es la cuarta vez que Naoko regresa a Estados Unidos. La primera vez fue de intercambio. La segunda fue para su Máster. Llegó con 500 dólares en el bolsillo y varios trabajos como estudiante para poder mantenerse. Cuando se quedó sin dinero, volvió a Japón. La tercera, dos años después, pudo terminar su Máster y empezar a enseñar. Esta vez fue su visa la que le impidió quedarse más tiempo. La cuarta fue en 2010, cuando regresó como profesora, primero en Virginia Commonwealth University y luego en American University. En todos estos intentos hubo mucha gente involucrada: amigos que le prestaron la casa para vivir, amigos que le consiguieron trabajos, amigos que la inspiraron a seguir adelante, y amigos que le prestaron plata (para que la universidad considerara que tiene los suficientes fondos para estudiar); todos apoyaron su sueño de vivir en Estados Unidos. “Las personas desinteresadas, que te ayudan porque sí, sin esperar nada a cambio, son las que me inspiran, espero ser yo también así”.

Sin embargo, Naoko también hizo un gran esfuerzo por estar donde está hoy. Su padre siempre la apoyó en su carrera, pero nunca tuvo la plata para sostener su vida en Estados Unidos. Luego del fracaso de su segunda vuelta a Estados Unidos, se propuso juntar 40000 dólares en dos años. “Prometí que no iba a realizar nada relacionado con el arte hasta no ahorrar esa plata”. Hizo los cálculos y la única forma era trabajar doce horas por día, en tres trabajos diferentes. Dejó su trabajo como fotógrafa en una revista en Tokio, “me consumía mucho tiempo y energía”, y empezó a buscar. De nueve a cinco trabajaba en una multinacional realizando folletos y catálogos, y diseñando páginas web. Luego iba a un café mexicano donde “solo hacía nachos con guacamole, pero era divertido porque iban mis amigos”, hasta la noche. Por último, los fines de semana trabajaba de algo que llamaban coloquialmente “bitch door”. Trabajaba en la puerta de un club nocturno diciendo cuánto debía pagar cada persona, dependiendo cómo estuviera vestido. “Siempre había alguna pelea pero yo mandaba ahí”, aclara soltando una carcajada.

Esta experiencia le dejó varias enseñanzas. En primer lugar, perdió su miedo a la falta de dinero. Sabía que como artista su futuro siempre iba a ser incierto, pero que si necesitaba la plata podría conseguirla trabajando mucho. “La plata no podía ser un motivo para no hacer arte, tenía que arriesgarme”. En segundo lugar, la hizo madurar y entender el mundo de otra forma: “yo era muy soñadora, no tenía los pies en la tierra”. Las personas que conoció en esos trabajos también la ayudaron en su formación como artista. Antes, Naoko pensaba que los trabajadores de oficina eran aburridos y estaban desperdiciando su vida. Al trabajar en una multinacional pudo ver la humildad y la simpleza de aquellas personas, “me ayudaron a encontrar la belleza en las cosas más simples”. Este encuentro definió qué quería hacer con su vida, “quería crear un arte que mostrara el mundo, quién soy yo, y a las personas comunes y corrientes”.

Naoko define su arte como “una mezcla de arte y antropología, que busca conectar a las personas”. Actualmente, está explorando lo impredecible del ser humano, como la memoria. “Uno no elige qué quiere recordar y qué no, es parte de la magia del arte que me atrae tanto”. En una de sus obras buscó crear una red de grupos a través de sus fotos. Ella concurría a un grupo, por ejemplo, un coro, y le sacaba una foto. Un miembro de ese grupo era seleccionado para que la introduciese a algún otro grupo del que él formara parte, entonces iba y les sacaba una foto. Y así sucesivamente. Cuando en la exposición todos reconocían a alguien de sus fotos se sintió realizada. “Había creado una conexión gigante”.

Su mayor satisfacción es que alguien entienda su obra sin que ella le diga nada. “No puedo contarle a cada espectador por qué hago lo que hago, pero cuando mi arte habla por sí solo y la gente entiende el mensaje, siento que estoy haciendo las cosas bien”.

Image taken from The Washington Post

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Esta entrada se publicó el 8 de mayo de 2014 en 4:35 pm y se archivó dentro de Uncategorized. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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